8 de marzo de 2009

Cuestión de tiempo

Aún te odio.
Me he negado a que Tania me diese noticias tuyas desde que me fui. No quiero que creas ni por un momento que tengo ganas de saber si quiera si sigues vivo; es cuestión de tiempo, tarde o temprano te acabarán matando, porque eres tan estúpido que en vez de alejarte de lo que te hace daño, te empeñas en seguir revoloteando alrededor de tu sentencia de muerte.
Muy bien. Ya sé que soy una idiota, no hacia falta que me abandonases de aquella manera para darme cuenta de que tengo la maldita costumbre de hacer el imbécil bastante a menudo.
Te agradezco las flores que me has mandado, pero no tenías que haberlo hecho. No me gustan las flores, ni las alturas, ni el inglés. Curiosamente tú me has obligado a convivir con las tres. En fin, lo soportaré lo mejor que pueda. Junio está a la vuelta de la esquina y en cuanto me gradúe me iré de aquí. Para siempre, no pienso regresar a esta maldita ciudad. La odio más que a ti y puedes estar seguro de que hablo en serio.
La razón de comunicarme contigo es muy sencilla. No quiero dar más rodeos al asunto. Voy a estar bastante liada en las próximas semanas con los exámenes finales, incluso he pedido que alguien me releve en la orquesta. Aún no lo he hablado con Karen pero se lo diré pronto.
Me han ofrecido un contrato serio. Nada de chorradas, no más pubs cutres ni locales de moda, por fin teatros. Pero teatros para mí, para mí sola.
Si visitas la página de la universidad podrás ver en las últimas noticias todos los detalles. Mucho dinero y por fin independencia. Eso sí, Europa, a ser posible Francia o Alemania, que de algo me sirvan las clases en las que tantos dólares te has gastado. ¿Ves?, soy muy práctica, sé que no te gusta tirar el dinero.
No iré a Barcelona hasta que termine la gira, sobre octubre. La verdad es que aún estoy pensando si iré a no porque, ¿para qué? Quiero que Clara venga conmigo , por lo menos al principio de la gira. A ella es la única que me apetece ver. Ya me pondré en contacto con ella más adelante para concretar. Quería informarte para que le dieses permiso. La obligaré a llamarte todos los días e incluso puede llevarse su violín. Ella lo tiene más fácil que yo a la hora de transportar el instrumento.
Si pones alguna pega para que venga conmigo, creo que ella comenzará también a odiarte y no creo que te guste mucho la perspectiva de que la única hija que te quiere algo...en fin, ya sabes, déjala venir, si quieres poner alguna condición más díselo a Tania y que ella me lo comunique aunque estaré bastante ocupada, te lo advierto.
Nada más.

oooo

- Don Fernando, ¿se encuentra bien?
- Perfectamente.
Tania observaba al hombre quien parecía absorto contemplando el exterior desde su ventana. La secretaria estaba acostumbrada a las rarezas de su jefe pero no a su impuntualidad.
- Le están esperando.
- Sabes lo de Rocío, ¿verdad?
- Claro, estoy emocionada con la noticia. La gira es impresionante. Tocará en los mejores escenarios, conocerá a músicos de toda europa...además la señorita Clara está encantada con la idea de pasar con su hermana sus vacaciones. Me ha llamado ya cinco veces hoy preguntándome si usted había dicho algo al respecto. No sé ya qué decírle.
- Clara es muy impaciente, hablaré con ella esta noche.
- Estupendo, Don Fernando.
Hubo un momento de silencio. La secretaria miró de nuevo el reloj, los asistentes a la reunión esperaban al empresario. Carraspeó ligeramente y se dio la vuelta.
- Tania.
- Dígame.
- Cancele la reunión.
- Perdone, señor, ¿quiere que cancele la reunión ahora?
- Así es.
La secretaria tuvo un mareo al escucharlo. Los directores de cinco importantes bancos esperando en la sala y su jefe cancelando de repente la reunión.
- Pero don Fernando...
- ¿Sabes, Tania? Mi hija dice que me odia. ¿Tú crees que me odia?
- No lo sé, don Fernando. Creo que está molesta aún.
- Claro, está molesta porque la mandé a la mejor universidad de Estados Unidos para que se dedicara de lleno a tocar el piano. La separé de su casa, de su hermana y sus amigos...porque pensé que merecía dedicarse de lleno a la música, sin problemas mundanos, sin tener que preocuparse por el dinero, disfrutar de la vida y alcanzar su sueño. Está molesta.
- Ya conoce a Rocío...es muy independiente, nunca ha querido que usted diseñe su vida.
Fernando Rubio suspiró mientra se ponía la chaqueta y cogía el maletín.
- Pues sí...creo que se le pasará tarde o temprano. Yo...hoy, iré a celebrar por todo lo alto que mi hija es una gran pianista. Y respecto a los señores que me esperan...era cuestión de tiempo que me acabesen matando...Como todo, al fin y al cabo. Todo es cuestión de tiempo...hasta el perdón.

3 de octubre de 2008

La descarada


No le gustaba ser como las demás. Había ido toda su vida a contracorriente, desafiando a todo aquello que cruzara con ella la dulce mirada de la cordialidad. En clase o la odiabas o la amabas; tenía admiradores y fervientes enemigos que envidiaban el sarcasmo de su voz y reían con sus caídas.
Le gustaba llamar la atención. Se pintó el pelo de rosa, se enrrolló con el profesor de dibujo y, para más escándalo, se fue a vivir a un piso con otra chica y uno chico los cuales eran sus amantes. Su madre la adoraba, a pesar de sus rarezas, con su padre, sin embargo, no se hablaba desde que a los quince años tras una discusión nocturna, ella le mandó a la mierda y él le dio tal tortazo que con el golpe se le rompieron dos dientes. No tenía hermanos, no creía en el amor para siempre y, aunque no sé si para provocar polémica o no, se declaraba ninfómana.
Los vecinos y vecinas la observaban tras sus cortinillas. Cada tarde llevaba a cabo el ritual. Lentamente se desnudaba frente a un largo espejo que tenía en su habitación; sonaba la radio con música en inglés. Podían ver su cuerpo delgado paseándose a lo largo de la ventana. Tras el paseo, ella se tendía en la cama y cerraba los ojos. Los vecinos siempre intentaban ver más allá pero la distancia se los impedía. Sin embargo, a los pocos minutos ella empezaba a gritar. Gritos impúdicos, gritos obsenos, groseros, que daban urticaria a sus limpios vecinos, que no podían evitar comentar la desfachatez de la niña del tercero. Lo más aberrante es que siempre estaba sola en aquellas ocasiones. Todo el mundo sabía lo que hacia. Era una sinverguenza, una puta para qué negarlo, sólo una guarra podía hacer tales cosas...
Ella, rebelde como siempre, desafiaba con su indiferencia a aquellos que conspiraban sus espaldas y les sonreía cuando se encontraban por la escalera. "Qué descarada", decían, mirándola de arriba a abajo.
Pero, para qué negarlo, a ella le daba igual. Muy dentro de ella reía, porque sabía que tras las miradas cargadas de odio, sólo se escondía la envidia. "Ellos no saben disfrutar", decía cada vez que se desnudaba frente al espejo.
Sólo ella, en la soledad de su casa, sumida en su música, sabía llegar hasta los límites del placer. Nunca revelería su secreto a nadie...y mucho menos sus pies.

17 de septiembre de 2008

Hombres, maldita sea

Mi madre me lo dijo: nunca te fíes de un hombre. Sin embargo, nunca la había escuchado, ¿por qué iba a hacer una excepción? Desoí sus consejos, entregándome a la aventura. Me enamoré locamente del amor, apostándolo todo cada vez que su luz rojiza me cegaba. En el tiempo del primer romance, no atendí lo suficiente en clase e incluso empecé a no estudiar. La culpa la tuvo Dani. Yo me sentía en las nubes cuando él me miraba. Mis amigas y yo reíamos como tontas pero, cada vez que pasaba por su lado, sentía que me quemaba todo el cuerpo. Supongo que era verguenza. La misma que sentí cuando nos dimos el primer beso a escondidas en el recreo. No era tan asqueroso como decían algunas de mis amigas, me gustó bastante y repetimos. Pero poco a poco me empecé a cansar, así que dejó de interesarme. Cuando comenzaba a recuperar las ganas por centrarme en los estudios, apareció Jorge. Era moreno y alto, y tenía una moto, no sé quien de los dos me gustaba más. Le dijo que me diera una vuelta y él me dijo que si yo le daba un beso. Después del beso, vino la vuelta, después de la vuelta, otro beso más.
Y, repetí curso, pero obtuve mi primer máster en besos con lengua. Al principio me resultaba hasta incómodo pero luego me acostumbré. Me alegré de cambiar de compañeras de clase, las otras me parecían insufribles y aburridas. Qué se puede esperar, ni siquiera habían tenido novio.
Aunque Jorge me gustaba mucho, cuando Diego apareció le dejé. Diego tenía más años que yo, era guapísimo y no estaba en el instituto. Pasaba de mí así que, para llamar su atención me empecé a maquillar. Le terminé conquistando. Lo malo es que no pasábamos mucho tiempo juntos por culpa de las clases así que, sin que mi madre lo supiera, empecé a saltármelas para verle. Estábamos todo el día juntos y, vi normal que quisiera que hiciéramos el amor cuando llevábamos saliendo algunos meses. A mí me daba miedo pero él me aseguró que lo tenía todo controlado. Al principio fue horrible, quería llorar e irme pero me dije a mí misma que no podía quedar como una niña pequeña delante de él. Aguanté como pude, menos mal que no fue muy largo.
Después de aquella noche, noté que Diego estaba raro conmigo. Ya me trataba de una manera diferente, casi distante. Así que, para darle celos, empecé a coquetear con Lucas, un amigo suyo. A Diego pareció no importarle así que, acabé dejándole y me fui con Lucas. Lo hice por rencor, realmente Lucas no me gustaba, lo supe porque cuando empecé a ver a Diego con otras, oh, Dios, no puedo explicarlo, ¡pensé que me iba a morir de celos! Además, ninguna era tan guapa como yo. Intenté hacerle ver a Diego lo que valía, pero él seguía pasando de mí. Como Lucas no me interesaba demasiado, le dejé cuando conocí a Rubén. Lo malo es que Rubén trabajaba por la tarde y sólo podíamos vernos por la mañana. Así que dejé el instituto, aunque me costó una buena pelea con mi madre. ¿Qué sabría ella? Tampoco había estudiado y estaba en su casa sin hacer nada, porque mi padre era el que trabajaba.
Rubén me tenía loca, el tiempo que pasaba sin él era como si nada tuviese sentido. Rubén, sólo quería estar con él. Pero por la tarde me aburría. Tanto tiempo sin él...iba a verlo de vez en cuando al trabajo, pero también me aburría porque él no me hacía caso.
Así que, a pesar de que lo quería mucho, lo terminé dejando.
Mi madre me obligó a empezar a trabajar. Conocía a una mujer que buscaba una chica para que le ayudara en su tienda, ordenando la ropa y cobrando. Me contrató y lo único que odiaba era tener que levantarme temprano. Fue allí donde conocí a Pedro, cuando iba con su novia a comprar. Creo que cuando me vio a mí, surgió el flechazo. Empezó a venir por la tienda y, al final, acabamos besándonos. Él aún tenía novia pero me dijo que la iba a dejar. Así que estuvimos un tiempo viéndonos en secreto. Yo no podía más, nos veíamos por las noches, él me recogía en su coche, íbamos a algún descampado y nos enrollábamos e incluso a veces allí mismo lo hacíamos. Estaba harta de la situación así que, un día que vino la chica a la tienda se lo conté todo. Menuda tía, me armó una increíble, empezamos a pelearnos allí mismo y nos tuvo que separar la dueña. Por su culpa me dejó Pedro, no sé qué le diría pero él quiso estar con ella. A mí, me despidieron y me quedé sin él.
Mi madre, muy enfadada, me dijo que me iba a echar de casa si no hacía algo con mi vida. Empecé a trabajar de cajera en un supermercado y, con mi simpatía, pronto ligué con varios chicos: Mario, dos meses; Santi, cinco; Rafa, ocho. Y por fin, el definitivo: Juan. Me preguntó a qué hora salía del trabajo y me esperó. Luego tomamos algo y me dejó en casa. Trabajaba en la obra y ganaba bastante dinero. Vivía en un piso con otros compañeros, porque odiaba a sus padres y se había ido en cuanto había podido. Yo casi empecé a vivir con él, todas las noches me recogía y dormíamos juntos. Por la mañana yo dormía más mientras él iba a trabajar y luego por la tarde iba al trabajo. Sin embargo, me quedé embarazada y se jodió todo. Juan se cabreó, no quería tener al niño pero a mí me daba miedo abortar. Él me dijo que me dejaría si no abortaba, así que lo hice. Me dolió muchísimo y estuve muchos días muy deprimida, pero bueno, lo importante es que Juan y yo seguimos juntos hasta que él me dejó por otra.
Pero bueno, hay muchos hombres y, conocí a otros: estuve 1 año y medio con Fernando y 1 año con Enrique. Cuando me redujeron la jornada, conocí a Sergio. Sergio era varios años mayor que yo, diez en concreto. Trabajaba montando cocinas y vivía solo. Me pidió que me casara con él y nos casamos. Yo dejé de trabajar, porque lo odiaba. Lo único malo es que tenía que limpiar, pero bueno, podía hacer lo que quisiese.
Me quedé de nuevo embarazada y esta vez lo tuve porque Sergio estaba como loco por tener un niño. Fue una niña y la llamamos Estrella.
Ahora Estrella tiene once años, yo tengo treinta y seis y Sergio me acaba de dejar. He vuelto con mi madre, no tengo otro sitio donde ir, ahora él vive con otra persona. Hoy me dijo: te dije hace mucho tiempo que no te fiaras de los hombres.
Maldita sea, tenía que haberle hecho caso. Sergio ahora quiere a Julio, un cabronazo gay como él.
Hombres, maldita sea, hombres, ellos me han destrozado la vida.

6 de septiembre de 2008

Eres mis alas


Dame una sonrisa para dejar de ser tan pequeñita...


Dame una caricia para dejar de tener tanto frío...


Dame un poquito de comprensión para olvidar las lágrimas...


Dame un pedacito de confianza para hacerme más fuerte...


Dame algo que quieras mucho para ser especial....


Dame la mano para que no me caiga...


Dame risas para espantar a los miedos....


Dame ternura para creer de nuevo en el amor...


Dame tus días buenos para ser parte de tu alegría...


Dame tus días malos, también, para acercarme a tu corazón...


Dame la vida que me falta y que a ti te sobra...


Dame un abrazo para saber qué color tiene tu cariño...


Dame palabras para llenarme el estómago vacío de recuerdos...


Dame sólo un poco de ti...


que yo te doy lo poco que tengo.

9 de junio de 2008

Chanson triste

Cuando al fin la encontré, ya era demasiado tarde.

Una criada me abrió. Al preguntar por ella, su nombre me dolió en los labios. Pasé a una sala en penumbra, la luz se colaba por las persianas con dificultad y tardé unos segundos en localizarla. Estaba desnuda, encogida como un niño en un sillón desgastado. De fondo, música francesa en voz baja como un susurro más en aquel fantasmagórico ambiente. Ella ni siquiera volvió la cabeza al oírme llegar. Nunca sabré qué paso por su mente, pero algo me dice que presentía que ese momento llegaría, por lo que no le sorprendió verme allí.
Me atreví a acercarme, a contemplar su delgadez, la curva de sus rodillas pero tropecé con sus ojos por descuido y, horrorizado, clavé la vista en el suelo de madera. Al fin se dignó a murmurar unas palabras, pidiéndome que me sentase.

- Estarás cansado después del largo viaje.

Sin querer enturbiar el halo que la rodeaba, me situé junto a ella, sin estar del todo a su lado. La dibujé a grandes ragos, entre los cristales rotos de mis recuerdos; la forma de su rostro, la impecable piel de seda, el cabello de arena. Marina era una muñeca de color marfil, que se iba descoloriendo con el tiempo. Como si hubiesen pasado muchos años, envejecía sin remedio y sin ninguna luz.

- Esta canción me encanta. Es como estar en París, al fin.

No sabía por dónde empezar, qué decirle, cómo adentrarme en el terreno que me estaba vedado. La había conocido tan bien como a la palma de mi mano: había estudiado cada movimiento, conocía cada sonrisa, sabía qué vendría después de cada palabra, podía describir su cuerpo con los ojos cerrados y recitar de memoria todos sus sueños. Pero ahora, ella era un enigma.

- Quelques notes et tous mes regrets...Tous mes regrets de nous deux...

Cantaba cada mañana en la ducha, por la noche le gustaba bailar la danza del amor, también dar saltos en los charcos y mojarse cuando llovía. Besaba la hierba y adoraba revolcarse en la arena de la playa. Bebíamos vino caro, caprichos de la que era mi amante, nostalgia del pasado. Mientras yo estiraba el poco dinero que teníamos, ella pedía alguna fruta exótica y, yo, tonto enamorado, recorría toda la ciudad en su búsqueda.

- Toulouse murió el año pasado.

Me resultó extraña la sobriedad de la habitación, los sillones impersonales, los armarios con vajillas y copas de cristal. Sonreí recordando el desorden de aquel piso donde vivimos nuestra eternidad aquel año. Nunca hacíamos la cama y sólo recogía la ropa cuando ya no teníamos nada que ponernos. Se amontonaban las mantas en invierno pero en verano paseábamos desnudos.

- Era ya mayor, supongo.

Había en Marina una fuerza que iba más allá de su estrecho cuerpo. La primera vez que la vi me conquistó sólo con una sonrisa y unas palabras coquetas que me enredaron para siempre. Acostumbrada a lograr siempre sus objetivos, supo desde el primer instante que desarmaría cada una de mis barreras. No tardó mucho tiempo, yo ya había enloquecido y perdido la razón mucho antes de la primera vez que la besé.

- Y lloraba por las noches...

Aunque aquel fue el principio del fin. Todo pasó muy deprisa, no tuve tiempo de prepararme y apenas de decir adiós.

- Creo que te echaba de menos como yo.

Marina calló y sólo quedó el rumor de la música. Las palabras no salían de mi boca. De repente, tras años de búsqueda, tras cientos de sueños, monólogos donde yo ensayaba lo que le diría cuando lograse encontrarla, tras practicar horas y horas delante del espejo, repasando las malditas conjugaciones de los verbos en passé, ella había conseguido desarmarme otra vez.

- Y tú, ¿nos extrañabas?

Y lo dijo con su voz de niña, esa voz que utilizaba cuando yo me enfadaba y me negaba a decir una palabra. Esa vocecita que me susurraba perdón entre risas y me besaba en el cuello, en las mejillas y me convencía de que era mejor olvidar que seguir sin ella. Esa voz que tanto había necesitado en las largas noches de soledad.

- Marina, ¿por qué?

Ella abrió los ojos como despertada del letargo. Lentamente movió su cabeza y me miró con sus ojos dorados. No reconocía el rostro que me observaba, no era aquella que había amado con toda mi alma, pero en el fondo de sus pupilas, conservaba la esencia de la que fue.

- ¿Por qué me abandonaste? Te fuiste sin más, sin una nota, sin una explicación. Te fuiste.

- Sí, - dijo, sin mirarme - lo hice. Tenía que hacerlo.

No encontraba trabajo, la casera nos amenazaba con echarnos si no le pagábamos, muchas veces no había nada de comida y no servía con devorarnos entre las sábanas, ya no teníamos fuerzas sólo preocupaciones.

- Habríamos salido juntos. No hubiera permitido que viviéramos así, lo sabías. Sabías que...eras lo más importante. Que yo no podía vivir sin ti, que me daba igual todo, todo, todo...pero tú...tú no.

El vello de su piel se erizó pero no hizo ningún gesto.

- Pero te fuiste. Te fuiste por esto - espeté con rabia - . Por una sirvienta que te trajese el almuerzo, por vistas al mar, por un armario lleno de vino caro. ¿Por esto me abandonaste?

Me había torturado durante esas largas noches de insomnio, donde la imaginaba, cómo sería su vida, quién sería el hombre que la arroparía por las noches. Había jurado y perjurado encontrarla, aunque me costara la misma vida. Repetí su nombre sin cesar por toda Francia y, desanimado, volví a España, volví al lugar donde la conocí y la descubrí en su apartamento de veraneo, donde sus ricos padres y ella disfrutaban los agostos, donde no había lugar para un don nadie como yo.

- Sé que ahora eres famoso - sonrió ella, olvidándose del rencor que habitaba en mis palabras - . Pero ya sabes que no me gusta leer, aunque estoy segura de que todos tus libros serán muy buenos.

- ¿Y qué? ¿Crees que aunque ahora gane mucho dinero y escriba libros...soy feliz? No...no, eso es mentira.

- Era tu sueño.

- ¿Mi sueño? - le pregunté, para luego preguntármelo amí mismo - ¿Mi sueño?

Me dolía el corazón, ese corazón adormecido por el recuerdo, ese corazón decepcionado. Me levanté de la silla, Marina me miró fijamente.

- Qué equivocada estás. Mi sueño no tenía nada que ver con eso. Mi sueño era, simplemente, pasar toda mi vida contigo. ¿Ves qué tonto? Estar contigo cada mañana, pelearnos, hacerte el amor, cometer locuras, escucharte hablar francés y no entender nada pero maravillarme...no me hacía falta nada más. Y mucho menos dinero.

Impasible, Marina escuchó y calló. Mientras, yo apretaba el puño, lleno de desazón, furia.

- Encontrarte me ha movido durante todo este tiempo, me ha hecho vivir dentro de la muerte. Ahora que te he visto me doy cuenta de que prefiero conservar tu recuerdo y no hacerme más daño a mí mismo. Sólo te deseo felicidad, supongo que rodeada de lujos, comodidades y estabilidad podrás alcanzarla.

Y yo salí de aquella casa de sombra, después de mirarla por última vez y amar su fragilidad a pesar de todo. Salí sin imaginar que su silencio no era indiferencia, sino dolor; sin imaginar que su abandono no era egoísmo sino amor; sin comprender que ella sacrificó su felicidad por regalarme lo que creía un sueño. Mucho tiempo más tarde descubrí que mi primer editor había sido pagado por Don Vicente de Alcalá, su padre. Mucho tiempo después pude contemplar todos los ejemplares de mis libros, que una y otra vez había leído, en su biblioteca particular. Así, nunca llegué a saber que cuando me vio, todo su cuerpo se estremeció pero ella, perfecta actriz, volvió a engañarme, volvió a echarme de su lado, queriéndome, pues ya no había remedio.
Mucho, demasiado tiempo después, me di cuenta que su felicidad era la misma que la mía y que, como yo, Marina nunca había sido feliz ni lo sería. Y me odié por haberme dejado llevar por la rabia, y me odié por no haber aprovechado aquel instante para besar su piel descolorida, para tocar su delgado cuerpo y oler de nuevo su pelo.
Pero ya era tarde, muy tarde. Y mi amada se había marchado, como una chanson triste, sin ni siquiera decir adiós.

26 de mayo de 2008

Ese beso

Fue ese beso. Lo recuerdo como si fuese ayer.
La luz creaba una suave penumbra a nuestro alrededor, los rayos me acariciaban como sus manos y el tiempo pasaba ávido mientras nos devorábamos despacio. En mi interior, las tempestades desatadas enloqueciendo mi cuerpo y torturando a mi corazón, ahora en su poder. Nunca había entendido los susurros que se dicen en el amor, nunca hasta beber de sus labios cada palabra callada. A pesar de que nos prometíamos el uno al otro ser fieles a nuestro juramente, inevitablemente, cuando volvíamos a encontrarnos, lo rompíamos en mil pedazos.
Aquella noche era una más de tantas y tan pocas, donde el universo se reducía a nuestro espacio, donde la verdad era manejada a nuestro antojo.
No podía evitar sentirme en otro mundo con él, todo cambiaba con su simple presencia; todos mis deseos renacían, todos mis sueños tenían al fin un sentido.
Trataba de olvidarle borrando las huellas de nuestra pasión. A menudo renegaba de él con mis amigos, me reía de sus manías a sus espaldas e incluso discutíamos por estupideces con tal de tenernos cara a cara. No sé cómo lo hacía, pero siempre estaba allí en el momento inoportuno, siempre chocábamos en los instantes de máxima fragilidad. Cualquier excusa era buena, ya conocíamos nuestras debilidades demasiado bien. Un roce entre los libros, miradas cargadas de palabras, un paseo inocente que siempre conducía al mismo abismo.
Nos desnudábamos sin prisas, disfrutando de cada caricia, de cada rincón secreto. Reíamos por los descuidos, desprendidos de toda la verguenza y del inservible pudor que caracteriza a los amantes. Él me susurraba frases inconexas al oído, yo le abrazaba como si se me fuese la vida en ello. Y vuelta a vuelta, amando cada vez con más desenfreno, con más placer, caían las barreras y éramos simplemente dos personas, sin más instintos, sólo una necesidad básica e irreprimible.
Fue aquel beso, lo recuerdo y casi puedo tocarlo si alzo la memoria. Sentados en el borde de la cama nos llegaba el olor a estío. Él no se había abrochado la camisa y yo tenía el pelo revuelto aún. No decíamos nada pero lo decíamos todo. Yo le cogí la mano y él la apretó. No sé cómo pasó, pero ocurrió.
Fue por ese beso, ese maldito y maravilloso beso. La luz creaba un aura única, nuestras sombras danzaban mientras nosotros esperábamos. Me acogí a su mano y él me susurró que me quedara. Negué con la cabeza y sonreí, acercándome a su cara, sintiendo en las mejillas el roce de su barba corta. Y fue en ese beso, en ese inocente beso donde todo cambió: aquello ya no era un juego.

18 de mayo de 2008

La llamada

Fueron sólo unos segundos de silencio, los suficientes para que se arrepintiese, insuficientes para que él la reconociera.
- Hola, soy yo.
Había sido un viaje tranquilo, todo había ido bien, lo normal. Junto a sus compañeros había recogido sus pases para el foro, llamó a casa cuando tuvo un descanso y la exposición salió a la perfección. Esa noche irían a cenar, Máximo, que conocía la ciudad, les había recomendado visitar La Fragata, que no quedaba muy lejos del hotel donde se hospedaban. Habían quedado a las nueve y media, dándose un tiempo para darse una buena ducha y cambiarse de ropa. Amanda descubrió que desde su habitación se veía una preciosa panorámica de la ciudad. Tenía una buena habitación, con una gran cristalera y un bonito rincón con mesa y cómodos sillones. Encima de la tabla redonda, el teléfono.
- ¿Eres tú? Cuánto tiempo...¿Cómo estás?
Recordaba cada número del teléfono, como si fuese ayer cuando llamaba a menudo para decirle a Mario cualquier tontería, como que le echaba de menos.
- Bien, muy bien. ¿Y tú?
- Como siempre, mucho trabajo.
Después de ducharse se vistió de negro, maquillándose un poco los ojos para disimular el cansancio. De nuevo sus ojos fueron directos al teléfono.
- Estoy aquí. He vuelto.
- ¿De verdad?
- Sí.
La última vez que hablaron por teléfono, su carísimo móvil de última tecnología acabó destrozado en el suelo y ella, llorando a lágrima viva, maldiciéndose a sí misma.
- Veámonos, donde siempre.
- Voy a salir a cenar con...
- ¿Está él?
- No, no está, he venido sola.
- ¿Quieres que te recoja? Dime dónde y cuándo.
Dudas, miles de dudas pasando frente a ella. Mario...Mario.
- No sé si es una buena idea...
- Te quiero. Lo sabes, sabes que te quiero. Por favor...
Lejos de su ciudad, apartada de su identidad había creado una nueva identidad. Abandonó a la niña que fue, dejó a un lado los sueños e incluso a su corazón.
- Y yo también te quiero.
Y no había dejado de pensar en él durante los últimos meses, y no había ni una noche en la que no deseara estar a su lado, y no pasaba ni un segundo sin imaginar cómo sería su vida si hubiese tomado otra decisión aquel día.
- Amanda...quédate conmigo.
Entonces el silencio volvería a hacer acto de presencia, sólo serían unos segundos. Insuficientes para dar vuelta atrás, suficientes para reaccionar.
- Amanda...¿estás ahí? Amanda...
- No puedo hacerlo, Diego, lo siento.
El teléfono la esperaba. brillaba bajo la luz de la lámpara, su mano sobre el auricular.
- No podemos hacerle esto a Mario...es tu hermano, por Dios.
- ¿Por qué! Si no le quieres, me quieres a mí, Amanda, Amanda...
- No...no puedo. Te quiero...pero no puedo...
Un segundo, un segundo puede cambiar tu vida. Un segundo, suficiente, insuficiente. Retiró la mano del auricular y sintió una presión en el pecho.
Cogió su bolso y salió de la habitación. Bajando por el ascensor miró la ciudad, la ciudad de la tentación. Sí, quizá la presión no tenía nombre, era alivio, alivio por no haber marcado nunca ese número.

13 de mayo de 2008

Transportes González e Hija. Una vida sobre ruedas

"Devolverle la vida a toda la gente que maté es el deseo número uno de mi lista."

He devorado este libro en poco más de tres días, enganchada totalmente a una historia fresca y conmovedora desde principio a fin.

Libertad González es una joven que cumple condena en una prisión de México. Ninguna de sus compañeras sabe cuál es el motivo de su estancia en la cárcel y Libertad se ve incapaz de revelarlo. Sin embargo, encontrará la manera: contará su historia a través de los libros. Creando un Club de Lectura, Libertad mantendrá en vilo a las presas que conocerán su vida, de principio a fin, su vida camuflada entre las tapas de otro libro. Libertad, poco a poco, irá desnudando su alma, nos adentrará en su pasado, un pasado sobre las ruedas de un troque, al lado de su padre.

Me sabe a poco el resumen de esta belleza, pero temo contar más de lo que quiero. Comencé el libro sin más datos y me ha fascinado hasta la última página. Acompañamos a Libertad en el viaje por sus errores, conocemos a sus compañeras, unas mujeres valientes, nobles, que a pesar de haber cometido delitos, tienen esperanza y son buenas personas. Ha sido una lectura dulce, plagada de risas y alguna que otra lágrima. La amistad, los deseos, la muerte, los errores, los miedos, ese terrible miedo al miedo, habitan entre las doscientas cincuenta páginas que vuelan con avidez.

Sin duda, ha sido un descubrimiento la prosa de María Amparo Escandón, desconocida para mí hasta el momento. Mexicana, publicista, guionista y escritora a los dieciséis años comenzó a escribir la historia de su familia, pero su madre le aconsejó que por respeto no lo hiciese hasta que todos los protagonistas de la historia estuviesen muertos. Sólo ha escrito dos novelas: González e hija y Santitos, que fue llevada al cine siendo su primer éxito. Tras ella, sufrió un bloqueo y tras visitar a un psicólogo, se inició en este proyecto viajando con camioneros por Estados Unidos y visitando cárceles mexicanas, lo que la ayudó a reflejar la realidad en su novela.
Os dejo unos fragmentos preciosos de la novela:

- Podrímos vivir en una de esas casas - dije casi para mí cuando por fin nos pudimos sentar.
- Las paredes no sirven para mantener unidas a las familias - respondió mi papá.

Es sorprendente cómo en un sólo momento la vida entera puede cambiar de la manera más impredecible. Este momento en particular, este segundo, el que cambió la vida de mi papá de profesor de literatura en México, a troquero en Estados Unidos, le pegó de frente. Tal cual. El golpe fue inevitable. Al dar la vuelta en una esquina de los pasillos de la universidad, chocó con un capitán que venía corriendo en dirección contraria. Ninguno de los dos tuvo tiempo de prevenir el accidente. Sólo sintierpon el peso del cuerpo del otro estrellarse contra su propio cuerpo, y al mismo tiempo se escuchó un disparo. En la colisión, el capitán, que traía una pistola en la mano, se disparó en el cuello, y se derrumbó sangrando. Nadie vio el incidente que dejó a estos dos hombres preguntándose cómo fue que sus destinos conspiraron para hacerlos llegar en aquel estúpido momento.

Si tenéis la oportunidad, leedlo, no os arrepentiréis.

11 de mayo de 2008

El abrazo

Las prisas y los silencios la arrastraban. El aire olía a incomprensión. Estaba sola en aquellas calles atestadas de autómatas que corrían hacia su rutina. Muchas veces buscaba entre los transeúntes alguna luz especial; no sabía qué quería encontrar pero se afanaba en observar mientras era arrollada. Todos los días, tras el trabajo, volvía a casa con las esperanzas rotas. El negro lo llenaba todo: trajes negros, carpetas negras, cielos negros amenazando tormenta. Pensó en ser una más de aquella masa oscura que avanzaba veloz, pero la traicionaba su deseo de inconformidad, aquella maldita manera de anhelar siempre más.
Su corazón se rompió una y otra vez con cada sueño, el tiempo fue pasando, la vida no le dio oportunidades que aprovechar.
Pero cuando todo estaba perdido, lo imposible se hizo realidad. La masa tiraba de ella, las nubes trémulas avisaban la cercanía del huracán. El mismo lugar, la misma escena de siempre. Y, sin embargo, sus ojos se cruzaron con los ojos de uno entre tantos. Él también era arrastrado y, a diferencia del resto, le regalaba una sonrisa tierna. La lluvia caía, fina, sobre las manchas que aumentaban la velocidad. Se saludaron, azorados, sintiendo una extraña sensación.
Pero ella notó que cada vez estaban más lejos el uno del otro, más gente les separaba. Él la llamaba, pidiéndole que le esperara, pero la muchedumbre no paraba. Con todos sus esfuerzos, trató de frenar, pero no pudo. Poco a poco fue perdiéndole. Acongojada, sollozó, confundiéndose sus lágrimas con la lluvia y el frío del viento con el sentimiento de tener helado el corazón.
Entonces descubrió la forma de rebelarse. Era sencillo, sólo tenía que ir hacia el lado contrario. Chocándose con la gente que protestaba a su paso, buscó señales de él. Puso todo su empeño pero no consiguió verle. Defraudada, se quedó quieta mirando al suelo.
Unos brazos la rodearon cuando menos lo esperaba. Asombrada, golpeada por la ternura de aquel contacto humano, se fundió en un abrazo con aquel desconocido. Nunca había sido tan feliz.

27 de abril de 2008

La mujer sola


La niña observaba sus manos con descaro y un pavoroso asombro. La mujer esperaba mirando al vacío. Vestía ropas oscuras, su pelo era blanco, corto y a Cata le pareció que estaba tan arrugada como una pasa.
- Sí, ya lo han llamado. Ahora le tienen que hacer una radiografia para ver si lo tiene roto.
Cata miró a su alrededor, no parecía ir con nadie, estaba sola. Una enfermera apareció en la sala de espera y entonces, la anciana levantó la cabeza. Sin embargo, la agachó de nuevo cuando oyó el nombre de Pedro Sánchez.
- Ay, tu padre es un histérico. No te preocupes, Iván, seguro que no es grave.
Iván asintió desde la silla de ruedas.
- Oye mami, ¿por qué no estamos en un hospital de niños? - preguntó Cata, observando que a su alrededor no había gente de la edad de su hermano o de la suya.
- Tu hermano ya tiene diecisiete años, Catalina, y ya no puede ir al mismo hospital que tú.
- ¿Porque es para niños pequeños?
- Así es.
- ¿Y este es para grandes?
Su madre así se lo confirmó. La niña se quedó pensativa un rato, sin dejar de observar a la anciana.
- Mami, ¿y esa mujer que es tan mayor no debe ir a un hospital para más grandes que los grandes?
- Cata, calla, no digas tonterías. - la regañó su hermano.
- No es una tontería. - se quejó la niña.
Quería explicarles lo que pensaba pero, de repente, reapareció la enfermera, con un nuevo nombre: Encarnación Pineda. Cata vigiló a la anciana quien, volvía a sumirse en su contemplación.
- Mami, ¿cuándo sea vieja mi pelo se pondrá blanco y mis manitas se arrugarán mucho, como si fueran pasas?
La mujer levantó la vista un momento. Cata se puso colorada de pensar que la había oído, quizá le había molestado escuchar lo de las pasas. Sin embargo, la anciana dirigió la vista hacia ella con un gesto de ternura indescriptible. La niña se dio cuenta y observó detenidamente el rostro de la mujer. Tenía los ojos claros, pequeños y hundidos y la piel de la cara surcada de arrugas como sus manos. Cata se dio cuenta de que era muy pequeñita, un poco menos que ella y que estaba encorvada.
La anciana le sonrió y la niña, a su vez, le devolvió el saludo.
La enfermera regresó: Josefa García, dijo esta vez. Ese era el nombre de la anciana, que rompió el contacto visual con Cata para empezar a levantarse. La enfermera repitió el nombre, ya que no la había visto.
La anciana daba pequeños pasos, como si le costase muchísimo mover un poco su delgado cuerpo. Pasó por delante de Cata quien la vio irse, siguiendo a la enfermera, con paso lento. La anciana era seguida por la soledad y la incertidumbre del que camina, con miedo a caer al suelo, sabiendo que no hay a su lado un brazo protector.
- Me duele un montón. - protestó Iván.
Cata lo miró con dureza.
- Calla, quejica.
La anciana dobló la esquina, perdiéndose entre los recovecos del hospital. Cata suspiró, abrazándose a su madre.
- Hay cosas que duelen más.